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¿Cómo hacer una revolución con una canción de amor?

Entre reflexiones personales, canciones, amistades y banderas. Del escenario a la historia argentina. De artista popular a esa dimensión reservada para quienes, como Maradona, dejaron de pertenecerse a sí mismos para convertirse en parte del pueblo.

Hay personas que pasan por el mundo y otras que se quedan para siempre.

El Indio fue de esas últimas. Me acompañó en distintos momentos de la vida. En la secundaria, cuando me ilusionaba con un poco de amor francés. Cuando comencé a estudiar, entre preguntas sin respuesta y la certeza de que la suerte del principiante no puede fallar. En los viajes, en la militancia, en las marchas y en cada actividad solidaria. Sus canciones siempre parecían llegar antes que las explicaciones.

Y quizás ahí esté la clave de su legado.

El Indio hablaba del amor que se vuelve solidaridad, abrazo y compromiso. Del amor que no mira para otro lado frente a la injusticia. Por eso sus canciones lograron algo extraordinario: transformar emociones individuales en experiencias colectivas.

Su mensaje político nacía justamente de ahí. De entender que ninguna sociedad puede construirse desde el egoísmo. Que no hay justicia social sin amor, sin igualdad, sin dignidad. Por eso incomodó al poder. A los poderosos de ayer y de hoy. Incomodó porque se negó a naturalizar que haya argentinos condenados a vivir sin derechos mientras otros acumulan privilegios. A quienes creen que el éxito es individual y que la suerte de los demás es un problema ajeno.

¿Qué pueden entender del Indio quienes nunca sintieron esa mirada? Detrás de cada metáfora había una toma de partido. No por un gobierno ni por un dirigente. Por los humildes. Por los olvidados. Por todos aquellos que siguen creyendo que la solidaridad vale más que el sálvese quien pueda.

Hay talentos extraordinarios. Pero existe algo todavía más especial: que ese talento se ponga al servicio de los demás. Quizás por eso el Indio terminó siendo mucho más que un músico. Como Maradona, por ejemplo, dejó de pertenecerse a sí mismo para convertirse en parte de una memoria colectiva, en parte de la historia de este país.

Hoy imagino que sube a otro escenario. Uno inmenso, sin vallas ni entradas agotadas. Mientras tanto, acá abajo quedan las canciones, los amigos cantándolas a los gritos, las familias que las hicieron propias y las banderas que ayudó a levantar.

Y entonces, ¿Cómo hacer una revolución con una canción de amor?

Tal vez exactamente así: enseñando que la ternura también puede ser una forma de coraje. Que la sensibilidad también puede ser una política. Y que, a veces, una guitarra, una poesía y un “par de sienes ardientes” alcanzan para dejar el mundo un poco más justo que como lo encontramos.

Pregonemos que las banderas que están en nuestros corazones ondeen siempre, luzca el sol o no.

Por Franco Bahía.

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