El saludo de Lionel Messi con Donald Trump reabrió un viejo debate argentino: la
comparación con Diego Maradona. Más allá de los gustos futbolísticos, ambos
representan formas muy diferentes de relacionarse con la política y con el poder.

La reciente imagen de Lionel Messi saludando a Donald Trump en la Casa Blanca generó
una polémica que rápidamente se trasladó a las redes sociales y al debate público. Y es
comprensible que así ocurra.
Trump es una de las figuras políticas más controversiales del escenario internacional contemporáneo: su política exterior ha estado asociada a intervenciones militares, conflictos y alineamientos que han tenido consecuencias dramáticas en distintas regiones del mundo.
Su respaldo irrestricto al gobierno de Israel en medio de la devastadora guerra en Gaza que dejó decenas de miles de víctimas civiles,entre ellas miles de niños. es apenas uno de los ejemplos recientes de decisiones que han sido señaladas en todo el planeta por su dureza y por la ausencia de límites humanitarios.
A eso se suma su propia política interna en Estados Unidos, atravesada por fuertes tensiones
sociales y discursos que profundizan la polarización política.
En ese contexto, cualquier imagen junto a Trump inevitablemente adquiere una lectura
política. Sin embargo, también es importante recordar que el episodio que generó la
polémica responde a un hecho institucional bastante habitual en el deporte estadounidense:
desde hace décadas, los equipos campeones de las principales ligas visitan la Casa Blanca
y son recibidos por el presidente de turno.
Le ocurrió a campeones de la NBA, de la NFL y del béisbol, y ahora al Inter Miami tras su consagración en la MLS. En ese marco protocolar, el saludo de Messi fue apenas una escena más de una ceremonia que forma parte de la tradición deportiva norteamericana.
La controversia, entonces, no surge tanto por el gesto en sí, sino surge por el clima político
que rodea a la figura de Trump. Lo que para algunos fue simplemente una instancia
institucional del deporte, para otros se convirtió en un gesto que debía ser interpretado o
incluso cuestionado.
En definitiva, es el peso político del personaje el que vuelve significativa una imagen que, en otro contexto, probablemente habría pasado desapercibida.
En Argentina, además, la discusión derivó rápidamente en una comparación inevitable: la
de Messi con Diego Maradona. Pero esa comparación, repetida durante años, suele olvidar
que ambos representan historias muy distintas. Maradona construyó su identidad pública no
solo desde el deleite futbolístico, sino desde el conflicto con el poder, desde una biografía
marcada por la confrontación, la militancia verbal y una cercanía permanente con causas
populares.
Su figura trascendió el fútbol para convertirse en un símbolo político y cultural,
muchas veces incómodo para los poderosos, como el “No al Alca”, o temas altamente
sensibles como la cuestión Malvinas.
Messi, en cambio, pertenece a otro registro. Su trayectoria está marcada por una relación
casi exclusiva con el fútbol, por un perfil bajo y por una distancia deliberada respecto de la
política.
No se trata de ingenuidad ni de desinterés absoluto por la realidad, sino de una
forma distinta de habitar la fama. Pretender que Messi reaccione o intervenga públicamente
como lo hacía Maradona es desconocer quién es y qué representa cada uno. A lo largo de
toda su carrera, Messi eligió expresarse con la pelota y no con consignas, con goles y no
con arengas políticas.
Y justamente por eso, no parece justo exigirle gestos que nunca formaron parte de su
identidad pública. Messi no construyó su figura desde la confrontación con el poder ni desde
la militancia simbólica. Su liderazgo fue siempre deportivo.
Demandar ahora una intervención política contundente sería pedirle que ocupe un lugar que nunca eligió habitar. Eso no significa que ambas figuras ocupen el mismo lugar en la memoria colectiva.
Independientemente de los gustos futbolísticos, porque cada argentino puede preferir a uno
u otro dentro de la cancha, la dimensión simbólica de Maradona siempre tendrá un
componente político y popular difícil de igualar.
Diego Maradona no sólo fue un futbolista extraordinario: fue también una bandera, una voz que se metía en las discusiones de su tiempo, un nombre presente en luchas por la justicia social, en consignas y en arengas
políticas que lo transformaron en un símbolo de identificación para millones.
Lionel Messi, en cambio, quedará en el corazón de todos por algo distinto pero igualmente
profundo: por haber llevado a la Argentina nuevamente a lo más alto del fútbol mundial, por
habernos regalado una Copa del Mundo largamente esperada y por una carrera deportiva
irrepetible. Su legado está ligado sobre todo a la emoción colectiva que produce el fútbol
cuando alcanza su máxima expresión.
Tal vez la polémica alrededor de una simple foto vuelva a recordarnos algo que ya
sabemos: que Maradona y Messi no son versiones distintas del mismo personaje, sino
figuras profundamente diferentes. Uno fue un líder popular que discutía con el poder y se
convirtió en símbolo político de su tiempo. El otro es, ante todo, el mejor futbolista de su
generación. Y quizás justamente allí reside la clave para entender por qué, aun
compartiendo el Olimpo del fútbol argentino, cada uno ocupa un lugar tan distinto en la
historia y en el corazón del pueblo
Por Franco Bahia