El pasado 28 de febrero, fuerzas de Estados Unidos e Israel lanzaron una operación militar
coordinada contra la República Islámica de Irán.
La ofensiva ( considerada la mayor ofensiva conjunta entre ambos países en décadas en Medio Oriente) ocurrió apenas 48 horas después de una ronda de negociaciones indirectas celebradas en Ginebra, donde delegaciones estadounidenses e iraníes habían intentado avanzar, con mediación de hecho de Omán, en
medidas de control sobre el programa nuclear iraní.
Sin embargo, el fracaso de esas conversaciones dejó a la diplomacia sin resultados concretos y
abrió la puerta a la fase militar del conflicto.
La operación, conocida como “Furia Épica”, fue presentada como una acción destinada a
neutralizar una amenaza que consideran “existencial”: el avance del programa nuclear iraní. La
ofensiva se inscribe dentro del concepto de guerra preventiva, una doctrina que plantea la
posibilidad de atacar antes de que un adversario se convierta en una amenaza directa para
intereses vitales.
Sin embargo, este tipo de acciones se consideran contrario a los principios de
la Organización de las Naciones Unidas. Uno de los hechos más impactantes de la ofensiva fue la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei.
En el sistema político iraní, el líder supremo concentra el poder real del Estado y su eliminación no solo tiene un efecto simbólico, sino que golpea el núcleo político e ideológico del régimen, una teocracia republicana autoritaria en la que la élite clerical domina las instituciones más influyentes.
La respuesta iraní no tardó en llegar y en horas posteriores, Irán lanzó misiles balísticos y
drones contra objetivos en Israel y contra bases estadounidenses desplegadas en países del
Golfo.
Por su parte, China, en coordinación con Rusia, expresó preocupación y llamó a frenar las
acciones militares y retomar el diálogo.
En Europa occidental, Francia, Alemania y el Reino Unido pidieron volver a la vía diplomática; París aclaró que no fue informado previamente del ataque, mientras que los tres países condenaron los contraataques iraníes. En el cono sur, la Cancillería argentina respaldó las acciones de Estados Unidos e Israel y elevó a “alto” el nivel
de seguridad nacional.
Una de las principales preocupaciones es el posible impacto sobre el Estrecho de Hormuz, una
ruta marítima por donde circula cerca del 20 % del petróleo mundial. Un cierre o interrupción
del tránsito en ese punto estratégico podría disparar los precios de la energía y afectar cadenas
de suministro a escala global.
Por ahora, el conflicto continúa sin un alto al fuego claro, amenazando con redefinir el equilibrio
de poder en Medio Oriente y aumentando el riesgo de una escalada aún mayor.

Escrito por Geronimo Fullana