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Zona Fría: cuando calefaccionarse empieza a convertirse en un privilegio

Mientras el gobierno de Milei avanza con el recorte de subsidios al gas bajo la lógica de “terminar con las distorsiones”, el ejemplo internacional muestra que incluso economías de mercado sostienen ayudas para garantizar calefacción y evitar pobreza energética. En una Argentina con tarifas que aumentaron 578% y salarios deteriorados, el debate por Zona Fría empieza a exponer una discusión más profunda: quién puede pagar el invierno.

La Cámara de Diputados aprobó la reforma de Zona Fría impulsada por el gobierno de Javier Milei. Con media sanción, el proyecto reduce subsidios al gas que hoy otorgan descuentos de entre el 30% y el 50% en regiones frías y húmedas. El oficialismo defiende la medida bajo una lógica de ajuste fiscal, menor intervención estatal y tarifas regidas por el mercado. Sin embargo, detrás de la discusión técnica aparece otra realidad mucho más cotidiana: cuánto cuesta hoy pasar el invierno en Argentina.

Según datos del Observatorio de Tarifas y Subsidios de la UBA-CONICET, la canasta de servicios públicos del AMBA aumentó un 578% desde diciembre de 2023, muy por encima de la inflación general. El mismo informe muestra otro dato todavía más fuerte: un hogar promedio del Área Metropolitana llegó a gastar cerca de $193.329 mensuales entre luz, gas, agua y transporte. El aumento no se limita al gas. En las últimas semanas volvieron a subir colectivos, electricidad, agua y combustibles.

En el caso de la energía, las tarifas eléctricas llegaron a registrar aumentos de hasta el 150% para usuarios residenciales, mientras el gas volvió a incrementarse este año. El problema es que este proceso ocurre en simultáneo con salarios que todavía no logran recomponerse frente a la inflación acumulada, con lo cual, pagar servicios ocupa cada vez más porcentaje del ingreso, consumir energía se vuelve más difícil, y sostener la calefacción deja de ser automático para millones de familias.

Ahí aparece uno de los principales puntos de discusión. El Gobierno suele presentar los subsidios energéticos como una excepción “populista” argentina. Pero los datos internacionales muestran otra realidad: incluso economías de mercado sostienen mecanismos para abaratar la calefacción y evitar pobreza energética, como China, Estados Unidos, Irán, y numerosos países de América.

En Estonia, por ejemplo, el Estado implementó un esquema de compensación automática sobre las facturas de hogares. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), el gobierno llegó a cubrir hasta el 80% del aumento del precio del gas y la calefacción cuando los valores superaban determinados límites. El subsidio se aplicaba directamente sobre las boletas. En Rusia, uno de los mayores productores de gas del mundo, las tarifas internas continúan reguladas por el Estado y muy por debajo de los precios internacionales. Estudios académicos sobre el sistema energético ruso describen que el bajo precio doméstico del gas funciona como un “subsidio implícito” sostenido por el gobierno para garantizar consumo interno y estabilidad social.

En Argentina, el ajuste avanza en sentido contrario. Según datos oficiales, los subsidios energéticos pasaron de representar el 1,42% del PBI en 2023 al 0,60% en 2025, una reducción superior al 50% en apenas dos años. La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando se observan los balances empresariales. Edenor informó un aumento real de ingresos del 48% interanual, mientras que Edesur registró una suba cercana al 40% impulsada por la recomposición tarifaria autorizada por el Estado.

Entonces, ¿cómo es el tema? Mientras millones de familias probablemente enfrenten el invierno poniéndose dos o tres camperas (como suele ponerse Milei) para no prender el calefactor o la estufa por los precios de la energía, las grandes distribuidoras energéticas incrementan sus ingresos reales y el Congreso les perdona deudas millonarias ¿Nadie se va a hacer cargo políticamente de este modelo? ¿Seguimos creyendo que todo se arregla viendo el gasto? ¿Y si vemos no solo el gasto sino lo que entra? ¿No hay alternativa de repensar el modelo tributario desde esa visión?

Escrito Por Franco Bahía.

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